Antidiabéticos no insulínicos
Los dos tipos fundamentales de diabetes son la tipo 1 y tipo 2. La primera necesita un tratamiento con insulina desde el inicio en todos los casos, pero la segunda, que es mucho más frecuente, puede tener un curso más leve e indolente y tratarse con otro tipo de fármacos, a veces en solitario, sobre todo al principio de la enfermedad y otras veces junto con la insulina.
Hasta hace algunos años se los llamaba antidiabéticos orales, porque su diferencia fundamental con la insulina era que se tomaban en forma de pastilla. Desde hace un tiempo disponemos también de productos inyectados que no son insulinas. A veces por error se les llama insulina porque la forma de administración es muy similar, pero son algo completamente distinto. Estos inyectables se diferencian del resto de fármacos en que su molécula es una proteína, y por eso no se puede tomar por vía oral, porque no pueden atravesar el tubo digestivo sin sufrir procesos de digestión que los inactivarían. Pero por su forma de acción son mucho más parecidos al resto de pastillas que a la insulina.
Hoy día disponemos de un gran número de productos para tratar la diabetes. Al menos hay en el mercado siete grupos o familias de medicamentos, y dentro de cada grupo puede haber varios productos. Cada uno de estos grupos tiene ventajas e inconvenientes, lo que significa que ninguno es claramente superior a los demás y en general es necesario combinarlos.
Para elegir cuál es el medicamento más adecuado para cada persona el médico tiene que conocer ciertas características del paciente, como son su edad, el peso, los años que lleva con la enfermedad, la expectativa de vida, la función renal, si tiene o no enfermedades cardiovasculares, si tolera bien o no las hipoglucemias, el precio, o las preferencias del paciente. Esto significa que lo que le viene bien a uno le puede ir muy mal a otro, y que sólo alguien con experiencia y conocimiento de la enfermedad puede saber cual le viene mejor a cada uno.
A pesar de esto, es posible que algún medicamento le siente mal a algunas personas. Todos los fármacos, aun los que parecen más inocuos, pueden tener efectos secundarios. Por eso cuando se pone cualquier tratamiento, sobre todo si va a ser de larga duración, el médico que lo receta debe tener una muy buena razón para ponerlo. Si al iniciar un tratamiento siente alguna molestia, lo mejor es comunicárselo al médico que se lo ha indicado, no deje de tomarlo por su cuenta, no lo cambie por otro por su cuenta, y tampoco siga tomándolo esperando que la molestia desaparezca, en cualquiera de los tres supuestos podría poner en peligro su salud.
Para terminar, conviene no olvidar nunca que el mejor medicamento es la alimentación sana, tener un peso adecuado y hacer actividad física, que a largo plazo es la mejor forma que tenemos de evitar las pastillas que a casi nadie nos gusta tomar.


































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