Esto se corresponde con el llamado periodo de llanto inconsolable, comienza a las 2 semanas de vida, tiene un pico a los 2-3 meses y disminuye a partir de los 4-5 meses de edad. El llanto se puede acompañar de expresión facial de dolor, distensión abdominal, aumento de gases, enrojecimiento corporal o flexión de piernas sobre abdomen. El bebé se tranquiliza con maniobras calmantes tales como masaje o balanceo, sonidos suaves y tranquilizadores o ‘ruidos blancos’, aunque el llanto puede reanudarse tras cesar las mismas, lo cual apoya el diagnóstico. Este llanto es normal y no siempre indica que exista una necesidad o dolor. Se han propuesto diferentes teorías sobre su origen como intolerancia o alergia digestiva, causas dietéticas, inmadurez neurológica… pero no existe una causa clara. La etiología sigue siendo desconocida y multifactorial no identificándose factores desencadenantes de este llanto. Tampoco hay un tratamiento eficaz. No debe ser motivo para retirar la lactancia materna con la idea errónea de que el niño se queda con hambre o no le sienta bien la leche materna. No existen pruebas suficientes que demuestren la utilidad de la leche de soja, la leche sin lactosa o la administración de fármacos como la simeticona, antiácidos, etc. Existe cierta evidencia de la utilidad de algunos probióticos especialmente el Lactobacillus reuteri DSM17938, aunque no se ha demostrado en todos los estudios.
En caso de aparecer estos episodios, la familia debe consultar siempre con su pediatra. El pediatra es la persona que más va a ayudar a los padres a manejar estos episodios de llanto. Una vez valorado el bebé y descartada que existan patologías subyacentes de tipo alergia alimentaria, reflujo gastrointestinal, estreñimiento o la intercurrencia de procesos infecciosos, les informará de la benignidad de este cuadro clínico y les aconsejará la actitud a tomar para pasar este periodo de desarrollo del bebé. El pronóstico de este cuadro clínico es excelente, no hay ninguna alteración en el desarrollo y crecimiento posterior de los bebés y la resolución es espontánea. Hay que darle tiempo al tiempo y esta situación también pasará.
Lo más importante es conocer al bebé y reconocer el patrón de llanto para responder con prontitud, alimentar con lactancia materna a demanda y favorecer el contacto físico, cogiendo al niño en brazos a menudo y, sobre todo, durante el llanto. En ocasiones se puede utilizar un “ruido blanco” o melodía suave para ayudar a calmarlo. Es fundamental que el adulto que atiende al niño esté calmado, para así transmitir al niño esa tranquilidad, debiendo ser sustituido por otro cuidador si está nervioso.



































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